El cuerpo humano está habitado por complejas comunidades de microorganismos (el conjunto de las cuales recibe el nombre de microbiota).
Los cambios en la composición de estas comunidades a nivel intestinal y cutáneo, y sus consecuencias a nivel molecular están relacionadas con la aparición y evolución de diversas dermatosis crónicas. Aún se desconoce si ciertas enfermedades de la piel son causadas por cambios primarios en la microbiota local y/o remota, o si la disbiosis es sólo una consecuencia secundaria de las propias dermatosis.
La microbiota es un importante modulador del sistema inmunológico y, viceversa, el sistema inmunológico también puede influir en los cambios en la composición de la comunidad microbiana, generando lo que se denomina disbiosis o alteración del equilibrio microbiano. En este contexto, la ausencia de microbios habituales o la presencia de microbios con efectos desfavorables puede generar la activación del sistema inmunológico, causando o agravando enfermedades.
Algunas de las dermatosis crónicas donde más claramente se ha descrito esta asociación son la psoriasis, dermatitis atópica, el acné y la rosácea, entre otras (ver tabla).
Como consecuencia de lo anterior, es fácil entender que intervenciones dirigidas a la modificación de la microbiota con el objetivo de reducir la disbiosis pueden ser de gran utilidad para la prevención y tratamiento de enfermedades autoinmunes e inflamatorias.
Las estrategias para lograr la eubiosis de la microbiota intestinal son bien conocidas e incluyen el uso de probióticos, prebióticos, simbióticos, antimicrobianos y el trasplante de microbiota fecal, entre otras.
Acta Dermatovenerologica 2022;31:105-109


